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domingo 09 de octubre de 2016

Cómo recordamos

Bernardo Stamateas
bernardoresponde@gmail.com


Los seres humanos tenemos memoria. Todos los animales recuerdan pero sólo las personas somos éticas. Por eso, nuestra mente archiva los recuerdos y les atribuye un significado.

Todos nuestros recuerdos, que comenzamos a tener alrededor de los tres años, conforman nuestra identidad: el relato de nosotros mismos. Los recuerdos que guardamos nos dicen quiénes somos en el presente. Nadie puede vivir sin recuerdos.

Pero cuando recordamos voluntariamente por lo general no traemos a la memoria los hechos que en verdad sucedieron, sino que los editamos: los acortamos o les agregamos algún detalle. A medida que pasa el tiempo, la carga afectiva va disminuyendo y somos capaces de recordar sin tanta emoción.

Todos nuestros recuerdos son editados y los seguimos modificando con los años. Esa es la razón por la que un mismo acontecimiento dos personas lo pueden contar de diferente modo. Algunos, incluso, recuerdan algo que nunca tuvo lugar.

Los recuerdos son un registro de nuestras vivencias y demuestran que hemos atravesado diversas experiencias. ¿Cómo se fijan en nuestra memoria? Según el impacto emocional que éstas hayan tenido sobre nosotros. La emoción es una especie de pegamento que hace que el recuerdo quede grabado en la mente.

Quien vivió nervios y ansiedad frente a un examen reprobado grabará casi todos los detalles de esa experiencia en su mente, debido a las emociones experimentadas en ese momento. Muy probablemente cuando vuelva a rendir un examen recordará esa vivencia negativa. Cuanto más intensa es la emoción, más se fija un recuerdo en nuestra mente.

Esto ocurre especialmente con ciertas situaciones negativas como un asalto, un secuestro o una pelea fuerte, todos acontecimientos que poseen una alta carga emocional. Pero también tienen un impacto de similares características las experiencias agradables como el primer amor, el casamiento, el nacimiento de un hijo, una graduación...

Los sueños son recuerdos mezclados y entrelazados, razón por la cual a muchos de ellos no les encontramos ningún sentido. Es muy común traer al presente recuerdos del pasado, según el estado emocional actual.

Si estamos contentos, traeremos recuerdos felices de momentos que disfrutamos, pero si estamos deprimidos traeremos recuerdos tristes que refuercen esos sentimientos.

Lo cierto es que se ha comprobado que cuando nos sentimos bien los recuerdos tristes no tienen tanta fuerza en nosotros. Por ejemplo, si vas a una entrevista de trabajo, salís hacia la parada del colectivo y se te cae una carpeta al piso, se ensucia y se arruina por completo. Mientras la estás levantando, ves venir el colectivo, corrés para alcanzarlo pero sigue de largo. Llegás tarde a la entrevista pero, aun así pasás todas las pruebas y te terminan contratando. Entonces, cuando recuerdes ese día, nada de todo lo negativo que te ocurrió te afectará demasiado porque finalmente obtuviste el empleo.

Deberíamos desarrollar el hábito de traer a nuestra memoria más a menudo recuerdos positivos, ya que éstos nos fortalecen y reducen el estrés. Podríamos comparar nuestra vida con un gran rompecabezas en permanente elaboración. La armamos y la rearmamos de acuerdo con la forma en que revivimos nuestros recuerdos.
El cambio en nuestra memoria es inevitable porque vamos creciendo y teniendo nuevas experiencias todo el tiempo. Pero deberíamos incluir todas las piezas sin temor, porque incluso los recuerdos negativos pueden ser usados a nuestro favor, dejándonos una valiosa lección.
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