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domingo 23 de octubre de 2016

Ciertos atavismos siguen comiéndonos el coco

Muchos niños varones continúan siendo educados en sus casas, por sus madres, como personas con privilegios sobre sus hermanas

Mientras los varones sigan siendo educados en sus casas como personas con privilegios, por ejemplo sobre sus hermanas, o como personas a ser atendidas, o como seres acostumbrados a que se haga lo que ellos disponen (aun de chicos), será muy difícil que erradiquemos la violencia contra las mujeres.

Esa idea de superioridad del varón es uno de nuestros peores atavismos.

Me explico antes de seguir: no quiero decir que todos esos varones vayan a ser golpeadores. Quiero sugerir simplemente que en esa realidad hay un embrión que puede llegar a prender en ciertas actitudes violentas.

El atavismo es una idea o un concepto propio del pasado. Y muchos de nosotros nos hemos manejado con parte de esos atavismos a la hora de educar a nuestros hijos.

Mire, vea
No todo atavismo es negativo. Por ejemplo los conceptos que nos han enseñado a privilegiar la vida o la solidaridad son y serán positivos.

Pero muchos de los atavismos son negativos porque ya no tienen nada que ver con la realidad actual ni con los logros que ha ido adquiriendo la humanidad.

Uno de ellos es el que marca que la mujer está para servir al varón porque el varón es el que debe salir al exterior a conseguir el sustento de la familia. La mujer está para las tareas de la casa y para tener hijos.

Ya sé: eso es cada vez más una antigualla. Pero una antigualla que ha dejado sedimentos.

La carga
Ese concepto ya ha sido dado vuelta como una media por la realidad (hoy la mujer trabaja y estudia a la par del hombre) pero no ha pasado lo mismo con el atavismo.

Quizás por eso la mujer suele cargar –además– con la mayor responsabilidad en el manejo del hogar y en la crianza de los hijos.

Por la enseñanza recibida en su casa, sobre todo de parte de su madre, el varón se deja estar y va delegando en la mujer.

Y ésta suele aceptar esa situación porque se deja ganar por cierto mandato social, hasta que, claro, explota o por los menos se encarga de poner algunas cosas en su lugar.

Siempre va a ser más cómodo para el varón llegar a la casa y ponerse a ver televisión mientras la mujer prepara la cena (lo digo, claro, por propia experiencia).

Aclaremos, dijo Lemos
Acá hago otro parate y digo: hay muchísimos varones que han hecho y hacen esfuerzos a diario para no dejarse ganar por el atavismo aludido.

Son los que también se ponen la casa al hombro, los que les lavan el poto a sus críos, los que hacen de comer, los que se levantan de noche cuando sus niñas o pibes llaman asustados o con fiebre, o los que van a hacer las compras al súper, o los que ayudan con los deberes a los chicos.

Pero también los que se sienten obligados –por mandato humano– a discutir con sus mujeres de manera civilizada todas sus diferencias. O, si cuadra, a separase en buenos términos.

Evas y Adanes
Las mujeres y los varones van a seguir siendo dos grandes misterios de la humanidad.

Y quizá en ese bagaje de cosas esté cifrado el motivo por el cual se siguen atrayendo.

Sin embargo lo que ahora está quedando en claro es que más allá de los piojos de unas y otros y de los sucesivos cambios que la sociedad está experimentando, hay una línea que no se puede traspasar.

Y esa frontera es la violencia.

Por eso es que en el ámbito de las parejas se libra hoy una de las grandes batallas culturales del siglo.

Hoy tenemos familias ensambladas. Separaciones más habituales. Mujeres que deciden. Hombres desconcertados. Matrimonios igualitarios.

Y hemos empezado a comprender otras realidades, como la identidad de género.

Te veo
Desde hace un tiempo se escucha decir que pareciera que la lucha contra los golpeadores los hubiera exacerbado.

En realidad los ha puesto en una vidriera. Por eso el gran problema para el golpeador es que se sienten descubiertos.

Están perdiendo una de sus grandes armaduras: el silencio de las víctimas. Algo similar les pasa a los abusadores de menores.

Escenas de la vida
Voy a concluir con dos anécdotas observadas en un transporte público en esta ciudad y que creo que cierran el círculo con el primer párrafo de esta columna.

Caso 1: una mamá sube al micro con dos niños, una nena y un nene, de entre ocho y diez años.
Queda únicamente un asiento vacío. ¿Quién se sienta de los tres?

Le tiro ayuda: no fue la madre. No fue la niña.

Sí, acertó: fue el varoncito. Las dos mujeres aceptan sin chistar la decisión del chico.

Aclaro que el niño no preguntó si podía sentarse él ni le ofreció a su mamá el lugar. Se sentó y punto.
Caso 2: una señora mayor asciende al colectivo. No hay lugar para aposentarse.

En una butaca doble van una mujer y un pibe de unos 10 años.

En un gesto que llamó la atención el varón se pone de pie y le ofrece el asiento a la pasajera con pinta de abuelita.

La mujer que acompaña al chico le cambia los planes. Lo obliga al chico a sentarse y le cede ella su lugar a la pasajera.

Traslado al lector comentarios y conclusiones.

Yo bajo el telón y apago las luces.

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