A Fondo A Fondo
jueves 13 de abril de 2017

Cerebremos esta fecha. Y si querés, celebremos también.

Somos memoria, y la decisión de seguir siéndolo.

Decir que somos memoria suena a metáfora o postulado filosófico, y lo es, pero además es lo que nos constituye en materia. Sí, en cuerpo. Nuestro cuerpo es la memoria de la carne, de los huesos, de la sangre.

Sabemos que la renovación de células modifica nuestros órganos, aunque no lo tengamos presente en nuestro trajín cotidiano.

Ninguna extrañeza nos causa cuando advertimos que el tejido externo se regenera luego del mal trato que solemos darle, y seguramente no nos produce fascinación porque lo vemos, porque nuestra mirada es testigo de este cambio.

Cuando por acción voluntaria o por accidente nos lastimamos de niños las rodillas, por ejemplo, aunque insistamos en quitarnos una y otra vez lo que llamamos costra, la piel insiste en renovarse y aunque deje alguna cicatriz, un nuevo tejido disimula aquél golpe, siempre que funcione el sistema inmunológico.

Pensar que esto también ocurre con nuestro hígado nos causa sorpresa.

Que los pulmones que portamos hoy, y nos acompañan en el ejercicio vital e involuntario de la respiración, no son los que se inflaban con orgullo hace diez años atrás, puede inquietarnos.

Conocimos que el fémur es el más extenso cilindro de nuestro sistema óseo, pero no tenemos conciencia diaria de que ese hueso que con el tiempo se pone frágil, se renueva completamente cada una década, y poco importa si ganada o perdida, si nefasta o fantástica, el esqueleto que nos sostiene hoy, es uno distinto al que nos acompañó al nacer, distinto en su composición celular pero igual en su forma y esencia.

Esto de saber que el cuerpo cambia completamente no es nuevo. Desde mediados del siglo XX que se confirmó aunque no nos percatemos.

Los átomos que forman las moléculas de las que están compuestas las células, no son los mismos, lo que no se altera es el famoso ácido desoxirribonucleico, más conocido por su acrónimo ADN.

El 98 por cientos de lo que somos hoy, no es lo que fuimos tiempo atrás. El otro dos por ciento es desde donde nos pensamos.

Ese porcentaje que podría sonar ínfimo, está compuesto por las neuronas, esas complejas células del sistema nervioso central que se encargan de absorber y transmitir los mensajes. De transmitir los impulsos eléctricos que son nada menos que la energía que provee al resto del organismo.

Es ese dos por ciento lo que promueve que seamos lo que somos o al menos, lo que creemos ser.

En esa máquina de las emociones, como Marvin Minsky llamaba al cerebro, se encuentra alojada la materia que le otorga sentido a nuestros días.

El pesar del dolor pero también el goce de saciar el deseo, está ahí, residen ambos en el mismo lugar.

La angustia de pensar lo que pudo ser y no fue , así como la alegría del juego.

El trauma que provoca la incertidumbre ante la ausencia de fe, tanto como la enorme paz que promueve saber que el dolor terminará, son los elementos constitutivos de nuestro peregrinar cotidiano.

Habrá quien lo crea con un rigor documental que quizá nunca pueda probarse, y también quienes vivirán sospechando sobre la autoría de una historia tan potente y duradera; en ambos casos, en la profunda duda y en la categórica certeza, cabe el mismo mensaje. Ese de que tenemos que amarnos, que amarnos hasta perder la noción de quien es cada cual.

Ni nuestro cuerpo es aquél que fue, por lo cual, si ocurrió o si acaso alguien lo imaginó, no altera el propósito.

El mensaje es idéntico. Amar la vida de uno como la del otro. Buscar con intensidad el sendero que lo haga posible.

También desde la ciencia hay una aproximación a la fe, y viceversa. El mito es la última verdad de la historia, decía Borges. Lo demás, efímero periodismo.

Somos memoria. La evocación del recuerdo de nosotros mismos. La consecuencia de una herencia inevitable y la voluntad de alterar el sufrimiento de aquél otro que aunque no compartamos el adn, se nos parece demasiado.

A los creyentes, felicidades. A los incrédulos, también.



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