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domingo 22 de mayo de 2016

Cepo laboral, Francisco y Nisman

Las mezquindades individuales salieron a la luz tanto con la ley antidespidos como en noticias relacionadas con el Papa y el ex fiscal

Mauricio Macri les comunica sus decisiones a los integrantes de la "mesa chica" que suele reunir temprano por las mañanas. Allí están seguro Marcos Peña, Gustavo Lopetegui, Emilio Monzó y Rogelio Frigerio, entre otros de los puros y altos integrantes del PRO. El único que suele sumarse a ese encuentro y que no es del partido amarillo es Alfonso Prat Gay, considerado un progresista y moderado por el ala dura del Gobierno.
En esas tenidas, el Presidente les hizo saber que el veto a la ley antidespidos no se discutía y que, con esta facultad constitucional, se lanzaba a sostener su posición le gustase a quien le gustase. "Nosotros vamos a hacer lo que tenemos que hacer. No hay lugar para las especulaciones. Ni para las encuestas", sentenció para no dejar dudas.
Uno de los integrantes de ese mini gabinete, que lo supo acompañar a Macri en la gestión de la ciudad de Buenos Aires, relató a este cronista que el enojo presidencial por el debate legislativo de la ley que prohíbe echar a trabajadores lo hizo acordar a la toma de terrenos de un parque porteño en el que se exigía la entrega de viviendas para abandonar el espacio público. Los asesores políticos recomendaban firmar un acta compromiso en la que se propusiera entregar terrenos con viviendas sociales para descomprimir y conseguir de inmediato la tranquilidad para las cámaras de televisión. Firmar sin plazo, sin nada específico, pero descomprimir. "Mauricio nos preguntó: ¿Está bien negociar y dejarnos extorsionar por quien ocupa un lugar que es de todos? Si la respuesta es no, no lo hagamos. Banquemos lo que está bien y dejémonos de excusas", habría dicho el hoy titular del Poder Ejecutivo quien ordenó el desalojo del sitio con la policía. Así procedió también con su veto.
El Presidente está furioso con Sergio Massa. Lo acusa de haber empezado a jugar la campaña electoral del año que viene coqueteando con el Frente para la Victoria y, es un textual de un secretario de estado, "hablando con demagogia para la tribuna ante el primer micrófono que se le cruza". Macri habría dicho en esa mesa chica diaria: "Es imprevisible. Está en su naturaleza. Nunca podés quedarte tranquilo con Massa, ni cuando te firma un acuerdo: no se sabe si lo va a cumplir". Nadie se atreve a vaticinar cómo seguirá esa relación que hoy, formalmente, está cortada.

Si es cierto que la ley antidespidos es un disparate jurídico no menos lo es que la iniciativa para que se sancionara nació de la torpeza política del PRO. No hay modo de no esperar una reacción semejante para un gobierno que sacudió de entrada a sus ciudadanos con una devaluación del 40 por ciento (necesaria, sí, a la hora de salir del cepo K) que se trasladó a precios, con un tarifazo que no se restringió a la Capital Federal privilegiada sino que resonó en todo el país y con una reacción de los grandes empresarios formadores de precios que, como dice el serio economista Javier González Fraga, son cazadores de animales en el zoológico e incapaces de tomar riesgo de gestión a no ser el de aprovecharse siempre de la teta del Estado.

La devaluación estaba dada por Cristina Fernández de Kirchner que relató un dólar a 9 pesos que jamás existió. Pero el salto de los precios y la angurria empresarial pudieron haber sido controlados con un acuerdo lanzado por Cambiemos a principio de año y una mano un poco firme del Ministerio de la Producción que dejara de reunirse en almuerzos y cenas de camaradería con ellos y les recordara la ley de defensa de la competencia y anti monopolio. Es peculiar escuchar a los ministros PRO decir que se quieren ocupar de las pymes cuando su primera decisión sobre ellas fue facturarles un precio en la electricidad y en el gas que las pone en el borde de la inviabilidad. Cambiemos se quiso llevar por delante el escenario político para no lucir "delarruizado" y se olvidó de hacer política y mirar a los que, de un saque, no llegan a fin de mes.

¿Se podía hacer otra cosa? No desde la economía desquiciada y defaulteada que dejó la década ganada. Sí, seguro, desde lo político: tendiendo una red de mínima contención en lo más elemental de la supervivencia de la mayoría trabajadora y emprendedora que no quiso más kirchnerismo pero tampoco está en condiciones de soportar un ajuste que se niega y se dice inexistente. Hasta ahora no se sabe si el PRO no quiere o no sabe hacerlo. Porque entendámonos: no es cierto que las opciones sean el maltrato de Guillermo Moreno, la corrupción de Ricardo Jaime o Lázaro Baéz, el estado monárquico que favorece solo a sus militantes y desdeña al resto o, del otro lado, la nada misma de la mano invisible del mercado, la intolerancia en reverso de los que ahora se sienten iluminados y reclaman que no se los critique so pretexto de "déjennos gobernar" o la convicción de que lo que hay que hacer se hace a cualquier costo.

Es cierto que la grieta es mucho más que política. Es cultural. Aquí no se debate el qué sino el quién. Y eso prostituye cualquier salida de un estado de crisis como el que se vive. Dos ejemplos que patentizan eso son la consideración desde la política que se le da al Papa Francisco y a la investigación de la muerte de Alberto Nisman.

Por lo primero, se intenta relatar que la salida a la luz del desencuentro entre el Pontífice y la líder social Margarita Barrientos se debió a una operación del PRO para galvanizar la imagen del pastor religioso que luce gesticulando a favor del peronismo: Milagro Sala y su rosario, Hebe de Bonafini recibida, la cordialidad con Cristina y la frialdad con Mauricio. Si hasta se ha escrito que el ecuatoriano Jaime Durán Barba pergeñó la idea de que esta anécdota con Barrientos fuera contada ahora por Margarita a pesar de que había ocurrido 3 años atrás. Semejante disparate puede ser contestado por este cronista porque le tocó presenciar el momento de la charla en el programa de TV Desayuno Americano con Pamela. Fue la conductora quien en medio de un rosario de preguntas quiso saber si la titular de Los Piletones había visto al Papa desde el inicio del pontificado porque el próximo tema de la emisión era la visita de Bonafini al Vaticano. No hubo lobby ecuatoriano, zancadilla periodística ni deseo de Margarita de traer ese tema de la nada.
Lo mismo ocurrió con la ex fiscal Viviana Fein que nos concedió una entrevista en la que puso negro sobre blanco que su hipótesis preferida de investigación era que a Nisman lo habían instigado a suicidarse y que en esa posibilidad había que rastrear al ex general Milani y a los ex servicios de inteligencia como Stiuso, Pocino y Massino. De paso: Fein siempre creyó eso. Habría bastado que los ahora interpretadores de sus declaraciones se hubiesen asomado al expediente o levantado sus traseros de sus escritorios para averiguar algo más que sus prejuicios intelectuales o sañas inclasificables. ¿Por qué lo dijo ahora? Porque no es más la instructora del caso y semejante declaración en pleno proceso habría entorpecido por prejuzgamiento y por malograr las pruebas. ¿Lo dice ahora a un año y medio de la muerte? Un proceso judicial en la Argentina dura años. Y eso está mal. ¿Por qué la causa Nisman sería de otra forma?
Da la impresión que no importa discutir si hay crisis social que ubica a muchos en la pobreza y el riesgo de no comer o si a un fiscal lo mataron o no. Importa, también con una ley que puso de relieve el temor a perder el trabajo, jugar a la mezquindad individual del quién y sepultar el problema de qué, cueste lo que cueste.
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