A Fondo A Fondo
viernes 03 de junio de 2016

Celebrar de manera cerebral. De Eduardo Mallea a Facundo Manes

Como mi caligrafía era desprolija y a veces ilegible, no me quedó más remedio que dedicarme a la medicina. Aunque no es literal, esa fue la respuesta que le ofreció a la docente, mientras firmaba e incluía una dedicatoria sentida en la página sin folio de su nuevo libro. Libro del que este doctor es coautor con un profesor de letras y semiólogo.

Su curriculum inacabable; sus doctorados, matrículas, pergaminos y los reconocimientos por su tarea no parecen haber modificado una conducta generosa y un permanente gesto amable. El humor, sin dudas, un recurso legítimo para exhibir y convidar inteligencia, sin dejar en paños menores a la erudición.

Recibió más de cinco mil. No. Dólares, no. Personas. Espectadores. Asistentes. Y no vino a contar su encuentro con el Papa.

Un símbolo de época, quizá. Tal vez la desesperada búsqueda de respuestas más confiables. Seguramente encontraremos otras muchas explicaciones para una concurrencia tan nutrida, pero ninguna nos eximirá para destacar a los organizadores, a los anfitriones y a los cuatro expositores que, en un escenario inusual para lo académico, adentro de un amplio y cubierto estadio, estimularon el pensamiento. Nada más, y nada menos. Jornadas de neurociencias.

El pensamiento. Así, como sustantivo irremplazable. El pensamiento, no sólo como instrumento intelectual y reflexivo sino como elemento coagulante de una comunidad.

De aquél best seller "Usar el cerebro" a este ejemplar de "El Cerebro Argentino" hay una distancia apreciable en tiempo y modo. Distancia que –como un puente- puede servir tanto para separar y dividir intenciones e interpretaciones, como también para comunicarlas entre sí, para vincularlas y darle de esa manera un mejor destino a la grieta.

Demasiado reciente. Este novel ejemplar de "El Cerebro Argentino" editado por Planeta, comienza con una anécdota que sanciona el posible elogio exagerado. Y su reciente aparición impide una lectura completa. Pero la vehemente presentación de su máximo responsable no sólo insinúa y anticipa, sino desnuda una proposición directa. Política. Soberana. Entusiasta. Posible.

El estadio Torito Rodríguez de San Martín, a pesar de sus muy modernas, cálidas y confortables instalaciones pudo incomodar a más de uno con las encendidas palabras de Facundo Manes. Un convite desafiante. Desafiante y seguramente necesario.

A días de cumplir un siglo la primera visita de Ortega (y Gasset) a nuestro país, aquella consigna "argentinos a las cosas" recobró vigor, adquirió precisión y destino. Ganó en substancia. Manes sugiere que la dispersión y el individualismo perdieron su condición de mérito. Convoca a tomar conciencia colectiva, porque así es como se moldea el cerebro.

Si apoyamos los pies en una misma y generosa geografía, bien podemos establecer un diálogo, incluyendo el disenso, para formular un idéntico horizonte. Propone que sea el conocimiento esa empresa común. Pero también el conocimiento como generador de recursos económicos y sociales. El crecimiento a partir de la educación. El respeto estricto y no melancólico como punto de partida.

Miles de personas, este último jueves, rompieron el axioma mendocino que dicta no salir en días de lluvia. Las mismas que llevaron a cuesta sus termos, sus mates; sus cuadernos y biromes junto a su avidez; su atención concentrada y su respetuoso silencio ante las exposiciones.

Aplauso para los aplausos que esta vez escondieron su típica mezquindad mendocina.

Felicitaciones y –por qué no decirlo- gracias a los hacedores de estas jornadas de neurociencias. Resultó gratificante y esclarecedor, instructivo, provocativo e innovador.

Admitamos que fue un ejercicio infrecuente. Miles de personas conociendo cómo se toman las decisiones, cómo interpretamos textos y colores, cuál es el panorama científico, educativo y cómo se construye un pensamiento colectivo.

Durante varias horas, cambiamos la observación anatómica, nos despojamos de nuestra obsesión. Estuvimos paseando por el intrincado y maravilloso cerebro y nos olvidamos de nuestra pasión umbilical.

Fuente:

Más Leídas