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domingo 08 de octubre de 2017

Asustando a ciudadanos que ya no se asustan

Ni la izquierda ni el peronismo terminan de aceptar algo que está en el aire: "Ni el liberalismo ni el populismo son ya lo que eran"

Dos candidatas de la izquierda clásica salen por TV advirtiéndonos en un spot de campaña de que el macrismo prepara una flexibilización laboral brutal para después de las elecciones.

"Como la de Brasil", aclara una de ellas, y el espectador no alcanza a entender si se refiere a la andanada de casos de corrupción que protagonizaron refulgentes personajes de la izquierda tradicional, de la izquierda bolivariana, y del populismo nacional y popular en ese país.

Honestidad
Al mismo tiempo el escritor Horacio González, ex director de la Biblioteca Nacional, se despacha con declaraciones que deben de haber atragantado a más de un reconocido kirchnerista.

Referente de Carta Abierta, la usina que daba basamento intelectual al cristinismo y que hacía fintas para no mencionar la corrupción y otras tropelías de la "década ganada", González reconoce que Macri no es el capitalista salvaje que ellos esperaban y denunciaban de antemano.

Y que en cambio están ante un nuevo tipo de liberal más parecido a un desarrollista y más volcado al gradualismo que a las brutales políticas de shock.

Con honestidad intelectual, González dice que liberalismo y populismo ya no son lo que eran y que se están redefiniendo.

Claro, Horacio González habla a título personal. No es la opinión de aquella Carta Abierta que reía a mandíbula batiente ante los chistes sobre la falta de un brazo de Daniel Scioli, ese derechista infiltrado entre los esclarecidos.

Lo sencillo, superstar
Mientras Alfredo Cornejo remarca que hay que seguir trabajando a favor de "la revolución de lo sencillo", el peronismo insiste en que hay que convertirse en la más firme oposición a "las políticas de ajuste salvaje", un discurso sin resultados concretos y desde el cual varios avispados opositores ya están pegando la vuelta.

El gobernador, al que ya se le terminó la posibilidad de hacer campaña en favor de los candidatos de Cambiemos (disfrazada de entrega de obras o inicios de trabajos), dejó ayer una idea interesante.
Y tuvo el acierto de reconocerle la autoría al ex presidente uruguayo Sanguinetti.

La idea es ésta: una sociedad no se vuelve desarrollada hasta que los ricos comienzan a viajar en micro, o en tren, o en subte, es decir hasta que el transporte público no se ha convertido en un servicio de excepción.

Eso es lo que ocurre en las grandes capitales del mundo que han logrado así desalentar bastante el uso del auto particular.

Esto suele verse reflejado muy bien en las películas norteamericanas de los años '80 en las que los ejecutivos salen de sus barrios en las afueras del centro y toman el auto sólo para llegar a las estaciones de trenes o de subte.

Allí abordan el transporte público que los llevan a sus oficinas en los complejos de los grandes edificios.

En ese trayecto diario a bordo de un flor de tren recuerdo haber visto que Robert De Niro, un arquitecto, se enamoraba hasta el caracú de Meryl Streep, una artista gráfica, a pesar de que ellos tenían sus propios matrimonios.

Acá lo único que se le podría acercar es el metrotranvía, pero todavía eso no está para ricos sino, como mucho, para clase media de la que viene ascendiendo.

El viento se los llevó
Cuando las representantes de la izquierda clásica intentan asustar al votante diciéndole que el oficialismo les va a cambiar los convenios colectivos de trabajo y que les van a quitar derechos cometen otro olvido imperdonable para gente supuestamente informada.

Muchos de esos convenios colectivos datan de la década del '70 o del '60.

Tienen cincuenta años y no han sido revisados para ponerlos a tono con la vida real.

En esos años no había computadoras, ni celulares, ni redes sociales, ni robótica, ni millennials, ni la app que te indica cuánto falta para que llegue el micro.

Chau, chau chau
En los próximos 20 años desaparecerá el 60% de los trabajos que hoy existen.

Serán remplazados por otros, o mejor dicho por otras formas de trabajo.

¿Cómo no se van a revisar los convenios colectivos de trabajo si muchos de ellos están llenos de labores que desde hace décadas ya no existen?

Sería absolutamente antipolítico no hacerlo.

Se da cuenta, lector, por qué están en lenta pero inexorable retirada los sindicalistas que el peronismo consideraba su columna vertebral.

Buena parte de esos "gordos" están convertidos desde hace años en empresarios millonarios mientras sus afiliados siguen pobres.

Así es como puede entenderse la caída en las redes de la Justicia que están teniendo muchos de ellos, desde el Caballo Suárez hasta el Pata Medina pasando por Víctor Santa María, líder de los porteros.

El peronismo, anquilosado, perdió la oportunidad de adecentar los sindicatos que le respondían.

Sin remedio
Nos guste o no el mundo muta a pasos agigantados.

Y es un albur querer defender un convenio colectivo de trabajo que no representa a los trabajadores actuales, muchos de los cuales ni siquiera quieren ir a trabajar a una fábrica o a una oficina sino que buscan laborar desde sus casas de manera on line y sin jefes a la vista.

Está claro que en esto también hay exageraciones o cosas inaplicables, como por ejemplo cierto endiosamiento absurdo de los millennials.

¿Tienen que desaparecer los sindicatos? Por supuesto que no. Los gremios han sido un elemento esencial para fomentar la civilización entre el capital y el trabajo.

Lo que tiene que desaparecer es la corrupción y esa forma desactualizada de "leer" el trabajo de hoy.
La gente del común lo ha pescado mucho más rápido que la política.
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