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domingo 09 de octubre de 2016

Argentina debate

Ya se cumplió un año del primer debate presidencial del país y aún no se logró consensuar una ley que estipule su obligatoriedad

Se cumplió por estos días el aniversario del primer debate presidencial de la historia argentina. El domingo 4 de octubre del año pasado, seis atriles cuidadosamente colocados en el escenario del aula magna de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires rompieron la inexplicable tradición de no aceptar encuentros públicos de discusión de los que aspiran a ser presidentes de la nación. La concreción de esa iniciativa encabezada por la ONG Argentina debate fue fruto de un trabajo titánico. Algunas anécdotas de su concreción valen ser reseñadas para recordar que, a hoy, no se consiguió consensuar una ley que torne al debate en obligatorio. Esa es la deuda. Ese es el sentido del recuerdo. No hay todavía ley.

Para que ese encuentro tuviese sentido hacía falta que los medios de comunicación se sumaran a la idea para que lo transmitieran. Es bueno decir de movida que salvo América TV, radio La Red de Buenos Aires y sus filiales en todo el país, ninguno del resto de los canales de TV aceptaron inicialmente y sin condiciones hacerlo. Ninguno. La televisión pública desistió ni bien supo que el oficialismo no participaría. Otros, especulaban con tener una nota en sus estudios antes que afianzar el concepto de debate como obligación de estado. De hecho, para la primera vuelta de las elecciones América fue el único canal de aire que lo puso en su transmisión. Es que la ausencia de ejercicio democrático en la argumentación no es patrimonio exclusivo de la política argentina.

Me tocó formar parte del grupo de moderadores propuesto con mucha generosidad, precisamente, por América TV. Desde el momento en el que aceptamos junto con Marcelo Bonelli y Rodolfo Barilli conducirlo se sucedieron episodios que bien podrían ser un capítulo de una novela que cuente las mezquindades de los hombres públicos argentinos. Jamás se violarían los principios de reserva de aquellos encuentros. Sin embargo, algunos episodios que tomaron publicidad merecen ser contados.

Cuando faltaban un poco más de 3 semanas, el entonces candidato del Frente para la Victoria, Daniel Scioli, dudaba respecto de su participación. Todos sabíamos que no iría porque en una reunión reservada en la residencia de Olivos del gobernador de Buenos Aires con Cristina Kirchner ella le había indicado que no fuera. Muchos meses después, ya con Mauricio Macri como presidente, una fuente inobjetable, testigo de ese encuentro, aseguró que la mujer que ejercía el Poder Ejecutivo le dijo: "Imagino que no te prestarás a ese circo, Daniel". No deja de ser irónico que por estos días la doctora Fernández, la misma que jamás aceptó un debate con alguien que pensase distinto, la que tiene el indefinible récord de cadenas nacionales por TV violando la necesidad de ley para hacerlas, haya pedido que se repita el encuentro de los presidenciales para discutir incumplimientos o falacias. Cristina reivindicó un año después lo que había calificado de circo.

En las reuniones de trabajo de los equipos de campaña de las que participé los representantes de Adolfo Rodríguez Saá, Margarita Stolbizer, Nicolás del Caño, Sergio Massa, Mauricio Macri y Daniel Scioli concurrieron puntualmente. Se observó que la representante de la dirigente del GEN fue la más amplia a la hora de evitar cualquier condicionamiento en las reglas. Los propios dirigentes de Argentina debate lo decían: "La gente de Margarita es la que menos problemas tiene".

Confirmada la ausencia del hombre del FPV la decisión de sostener o no el atril en el escenario que le había sido asignado, sorteado prolijamente, ubicado por estricto azar para respetar la igualdad de los participantes llevó una tarde. Los contrincantes de Scioli (y algunos organizadores) dudaban sobre si se había que apelar al fenómeno de la "silla vacía" (aquí el atril). Para unos, era victimizar al ausente. Los otros creían que era la mínima sanción que merecía el que no iba y por fin, estaba uno que se quejaba porque de quedar el espacio vacío quedaba demasiado solo en un costado del escenario. Al haberse declinado la invitación, a pesar de que el sciolismo había firmado todas y cada una de las reglas, aceptado los modos y formas, resultaba también libre el tiempo asignado al candidato. Luego de intensas discusiones se decidió entregar el momento de las réplicas de candidatos que estaban pautadas a "tiempo libre" para que lo usasen como quisiesen.

Fue entonces cuando Sergio Massa decidió hacer silencio. "El candidato Scioli nos faltó el respeto no viniendo. Lo mejor que podemos hacer es que su silencio, que es una burla a la sociedad, quede plasmado. Pido que los segundos que me queden sean de silencio", dijo el hombre del Frente Renovador. También el azar hizo que me tocase conducir ese tramo del debate. Las reglas eran específicas. El candidato podía hacer uso de los 30 segundos adicionales de la forma que quisiese. Hasta el día de hoy, dos hombres del peronismo que se medían el traje de ministro me recriminan la actitud de permitir el silencio. "Debiste haberlo impedido. Fue un golpe debajo del cinturón", insistió esa semana el abogado que se imaginaba entre el Ministerio del Interior y el de Justicia.

Un párrafo aparte merece el final del segundo debate antes del balotaje a donde sí asistió el hombre del peronismo para contraponerse al candidato de Cambiemos. Las reglas tan rígidas, estrictas impuestas no generaron demasiada tensión política entre los contendientes. Ya se dijo en estas crónicas que los organizadores prefirieron perder espontaneidad y momentos de contradicción en pos de conseguir que se debatiera. Visto con este año de tiempo, el acierto de Argentina debate fue atronador y más que justificado. Los que vengan serán sin dudas mejores.

Sin embargo, el corsé de formas impuesto (los moderadores no podíamos repreguntar, los candidatos no podían interrumpirse, temas como aborto o despenalización de las drogas no estaban explícitamente propuestos) se chocó con la necesidad de saber qué ocurriría al cierre del encuentro. Las esposas de los candidatos, en otros países, suelen saludarse al inicio del debate y dirigirse a sus parejas para saludarlos al final. Esto último se acordó. Juliana Awada y Karina Rabolini entrarían y se sumarían a sus maridos. El resonante beso de la mujer del hombre del PRO se percibió mucho más ante la confusión de Rabolini. Aquí también se acusó a los moderadores de no haber sostenido la igualdad ante la audiencia. Rodolfo Barilli era el encargado de clausurar el encuentro y desde el sciolismo se le achacó no haber aclarado si se podía besar a la esposa. No hay metáfora en la redacción.
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