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domingo 02 de octubre de 2016

Aprender a manejar las crisis

Todos, en algún momento de la vida, atravesaremos alguna crisis. Podemos dividirlas en cuatro grupos:

Las crisis evolutivas
Son las que surgen con el paso del tiempo. Cuando cambiamos de década, cuando nos ponemos de novios, cuando nos casamos, cuando nace el primer hijo, cuando nos jubilamos.

Para hacerles frente de manera sana, necesitamos una gran dosis de flexibilidad que nos permitirá adaptarnos a las nuevas situaciones. La rigidez solo nos mantiene estancados en una etapa sin poder avanzar. Ninguna etapa es mejor que otra, todas tienen su encanto y son disfrutables.

Las crisis accidentales
Son crisis inesperadas que tienen lugar por fuerzas externas a uno. Aquí podemos incluir enfermedades, separaciones, accidentes.

Lo peor que podemos hacer ante una crisis de este tipo es intentar encontrar un culpable. Lo más conveniente, una vez que logramos aceptar lo que sucede, es ponernos en acción. Algunas ideas prácticas a tener en cuenta:
Buscar un colchón afectivo, es decir, redes de contención entre familiares y amigos que nos apoyen y nos brinden su cariño.

Proveernos alimento psíquico a nosotros mismos, fundamentalmente afecto, paciencia y motivación; lo cual es tan importante como la comida que ingerimos.

Recurrir al FMI que todos tenemos: el fondo monetario interno, o la capacidad para afrontar situaciones adversas y superarlas; algunos lo llaman resiliencia.

Las crisis estructurales
Estas crisis son producidas por nuestro propio carácter. Tal es el caso de una persona que es despedida de su trabajo reiteradamente, o que donde va tiene conflictos con los demás.

La raíz de sus problemas –aunque ella pueda atribuir culpas a otros– es su mal carácter y, sobre todo, su incapacidad de llevarse bien con la gente.

Las crisis de cuidado
Cuando en una familia hay un miembro enfermo o de avanzada edad, a quien es necesario cuidar de modo permanente, surgen estas crisis.

Lo fundamental es que las personas involucradas encuentren sus espacios de distracción y satisfacción ("cuidar al cuidador") para no caer en estrés o incluso alguna enfermedad.

Quienes rodean a un enfermo o un anciano que no se vale por sí mismo, necesitan imperiosamente recargar sus fuerzas a diario para enfrentar la situación de la mejor manera posible.

Si varias personas estuvieran en el interior de una habitación con una única salida y se desatara un incendio, solamente tendrían una vía de escape y seguramente el clima sería de mucha tensión. Pero si las salidas fueran dos o tres, todo cambiaría.

Exactamente lo mismo sucede en medio de una crisis. Necesitamos contar con varias salidas de emergencia para afrontarla con éxito. Estas son algunas de las más comunes:
Actividades que nos recarguen de energía, como una actividad física, un hobby o cualquier otra cosa que nos guste hacer a diario, por pequeña que sea. Dice un refrán griego: "Si siempre mantienes el arco tenso, algún día lo romperás".

Amistades verdaderas. Cuanto más amplio sea nuestro colchón afectivo formado por esos amigos incondicionales que la vida nos regala, con más recursos contaremos para atravesar una situación difícil.

Espacios sagrados. Esto tiene que ver con aquello que le hace bien a nuestro espíritu. Para algunos puede ser ir a la iglesia; para otros, visitar a una ser querido o simplemente salir a correr por la mañana. Se trata de espacios que funcionan como disyuntores, pues impiden la sobrecarga de emociones tóxicas que tanto nos dañan.
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