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domingo 27 de noviembre de 2016

Anabel armó su propio ascensor para el cadalso

El caso de la fiscal Orozco de Pesce, quien truchó una dolencia para irse a Brasil, es parte de otra enfermedad más real y social

La fiscal mendocina Anabel Orozco podría haber pasado a la historia menuda de la Justicia mendocina como una funcionaria más.

Es decir, alguien para engrosar una grisácea lista de magistrados conformes con su discreto paso por los tribunales.

Sin embargo, la doctora Orozco, también conocida como Anabel Orozco de Pesce, quedará en los anales informales de la Justicia como la fiscal mentirosa.

O como la fiscal que truchó una licencia por enfermedad para poder irse con amigas a las playas brasileñas y luego a un concurso de bridge en ese otro país llamado San Luis.

Con esos títulos, no precisamente de nobleza, deberá retirarse de la poltrona judicial

Desde el gobernador Cornejo, que la ha invitado a jubilarse de inmediato o a enfrentar un Jury de Enjuiciamiento, hasta quienes sirven el café en los tribunales, todos se han mostrado apabullados por la conducta de la doctora en derecho.

Maldito libro de caras
Pero no sólo eso. Anabel Orozco quedará como una víctima más, ilustrada eso sí, de las redes sociales.

Facebook es un ámbito digital donde mucha gente insiste en mostrar su vida privada como si fueran celebrities del show biz y no personas sensatas.

En el caso de los doctos en derecho deberían tener, al menos, una mayor consideración por el recato y la rectitud que exige la magistratura. Y acordarse de que uno de los derechos esenciales que nos tiene reservados la Constitución es el derecho a la privacidad.

Fue Facebook (el libro de las caras) el que sirvió de ascensor para el cadalso a la magistrada.
En esa red social –usada por lo general para el pavoneo– la fiscal Orozco de Pesce se puso, solita, la soga al cuello.

La lumbalgia es inocente
Mientras en los tribunales muchos se lamentaban de esa severa lumbalgia que supuestamente había tirado a la cama a la funcionaria, la muy saludable doctora Anabel disfrutaba de las playas de Jurere, una paradisíaca isla cercana a Florianópolis.

¿Es necesario que una fiscal en la cumbre de su carrera actúe en Facebook como una adolescente que vuelve de su viaje de quinceañera en Miami?

Además de dorarse al sol, y de disfrutar de los placeres de la gastronomía y el beberaje, Anabel Orozco hizo uso de su tarjeta de crédito en los rumbosos shoppings de la zona.

La doctora dejó debidamente documentado en Facebook todos esos avatares con vistosas fotografías que ella misma subió al mundo digital para hacer morir de envidia a más de una de sus colegas.
¿Nunca se le ocurrió pensar que Facebook es un conventillerío y que en unas pocas horas las mismas destinatarias a las que ella quiso impresionar con sus fotos la iban a terminar escrachando y que iban a denunciar su falsa enfermedad?

¿Nunca se le ocurrió a la doctora Orozco preguntarse si no estaba estafando al Estado?

Serás lo que debas ser
Un fiscal es un funcionario que procura que se cumplan las leyes y que cuida que haya barreras contra la mala intención. Por lo menos así lo dice una de las definiciones más conocidas sobre esa profesión.

Un fiscal protege y supervisa el correcto uso de las leyes que amparan al ciudadano.

Los fiscales integran el Ministerio Público Fiscal, uno de los organismos claves de la Justicia, cuya labor, lamentablemente, no es debidamente conocida por la ciudadanía.

Un fiscal investiga, reúne evidencias y acusa. Tiene el poder de influir en el desenlace de un juicio, a partir del cual un enjuiciado puede quedar en libertad o en la cárcel.

Por eso es que llama tanto la atención que Anabel Orozco, una persona a la que se le paga un muy buen sueldo para que trabaje apegada al derecho y al servicio de dar justicia, se haya desbarrancado de tal manera.

Un amo sin ojo
Quizás la razón haya que buscarla en algo que venimos machacando desde años en esta columna.
El Judicial es el menos auditado de los tres poderes del Estado.

Durante años buena parte de los magistrados se han aprovechado de esa falta de control social (que sí tienen los funcionarios del Ejecutivo y los legisladores) y se han fijado sus propias reglas de trabajo.
Y hasta se han enojado si la prensa intentaba investigar la vida interna de la Justicia, con su nepotismo y su consiguiente "familia judicial".

En la Justicia sigue faltando el ojo del amo, es decir el control ciudadano, cívico, indispensable ante la inacción de los entes de control que posee, al cuete, la propia Justicia.

Anabel Orozco es la punta del iceberg de un problema ético que existe en el cuerpo social argentino y que excede a los funcionarios. Es un virus que recorre el cuerpo social y que consiste en no tener cargos de conciencia a la hora de mentir una enfermedad para faltar al trabajo.

Sin culpas
Hace unos años se realizó en el país una amplia encuesta sobre el mundo laboral, tanto en la faz privada como en la estatal. El 64% de los sondeados dijo que no le generaba problemas de conciencia el inventarse una enfermedad para faltar al trabajo.

Esto sólo se logra con cómplices, es decir con médicos que por amiguismo o por antiprofesionalismo no tienen ningún empacho en firmar licencias por patologías imaginarias.

Hace rato que la corporación médica debería haberse dado un debate sobre estas actitudes tan poco éticas de algunos de sus asociados.

Lo deberían hacer en primer lugar en honor a la conciencia y en segundo lugar en homenaje a la vasta legión de médicos que no transa con estas patrañas y que son dignos al juramento ético.

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