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miércoles 29 de junio de 2016

Alumbrar la palabra

La autora quien nos proporciona, a través de uno de sus versos, la clave de lectura para Los nombres del padre: un recorrido tembloroso, pero exacto.

Está escrito en los Evangelios que María, la de Magdala, fue testigo de la crucifixión de un hombre. Veló el cuerpo del muerto y luego, presenció su resurrección. El resurrecto le dijo: "No me toques, porque aún no he subido a mi Padre, pero cuenta que me has visto".

Dar testimonio de estos hechos hizo que la Magdalena, en los diferentes libros, de acuerdo a la versión de cada evangelista, fuera calificada alternativamente como prostituta, adúltera apedreada por la muchedumbre o compañera de Jesús de Nazareth.

Tuvo el dudoso privilegio de ser destacada como la única mujer entre los apóstoles. Estos hechos, por cierto improbables, conforman lo que podría denominarse como arquetipo. La historia de la humanidad suele repetir los libretos de sus mejores personajes, con sutiles diferencias.

Los nombres del padre, el nuevo libro de la poeta María Magdalena, es un texto desgarrado, pero a la vez festivo y musical. De estructura tripartita, podemos decir, no obstante, que constituye un continuo. Estamos ante un único poema, como una pieza musical sujeta a variaciones.

El primer movimiento nos enfrenta a un recorrido circular donde la autora intenta trazar una línea de fuga: "me escapo /de las ciudades ajenas (...) donde alguna vez prometimos / derrumbarlo todo y sólo persistió / el silencio (...)".

La segunda parte lleva la marca de la pérdida y el sacrificio, pero también de la denuncia: "¿Fueron mis hijos en algún lugar / en algún cuerpo?", interroga la poeta, como si la pregunta por el padre hallara su contraparte en la pregunta por el hijo. Confluencia de imágenes: ¿qué es un padre?, preguntamos mientras nos despedimos.

Los poemas denuncian los poderes que operan sobre el cuerpo de la mujer. El movimiento, más allá de esas estructuras, lo hallamos en la tercera parte, donde la consumación del sacrificio permite la celebración. Indagar a la ley para bailar en torno a ella. El final es coral, como un clímax o un cenit.
Nos preguntamos entonces: ¿qué cuerpos veló la poeta?, ¿en cuántas vigilias?, ¿qué testimonios debió dar y a qué precio hasta alumbrar su palabra? "Me voy desvestida, nunca desnuda", escribe María, porque cualquier verdad o ficción debe conservar un velo, ese que la poesía descorre o desoculta para darle a la palabra un nuevo poder.

Es la autora quien nos proporciona, a través de uno de sus versos, la clave de lectura para Los nombres del padre: un recorrido tembloroso, pero exacto.
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