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domingo 10 de julio de 2016

"Ahora las mujeres no queremos elegir entre la profesión y los hijos, queremos todo"

Basta conocer a la consultora internacional en recursos humanos, Helena Knörr, para percibir que tiene algo enigmático en sus raíces. Basta hablar con ella más de cinco minutos para comprobar la sospecha. Helena es un crisol de culturas en sí misma: por sus venas corre sangre hindú, alemana, catalana y portuguesa. Es una española nacida en Mozambique, que luego emigró a Estados Unidos, que viaja por todo el mundo dictando capacitaciones sobre recursos humanos, negocios y en particular, sobre el rol de liderazgo de las mujeres dentro de las empresas.

Ese componente interracial que encarna le ha ayudado a expandir sus conocimientos y con ello, su mente y sus horizontes.

Sin embargo, no renunció a ser quien es para conseguir sus logros profesionales, tiene dos hijos, disfruta de sus amigos, estudia, crece en lo laboral y en lo académico, viaja, toma decisiones y dice que su fortaleza reside en no aguantar situaciones preestablecidas.

Vino a Mendoza para disertar en la Facultad de Ciencias Económicas de la UNCuyo sobre el liderazgo de las mujeres en la formación profesional y también se explayó en otros temas de su competencia, como la participación de la mujer en carreras de ciencia y tecnología.

Dialogó con Diario UNO sobre los desafíos de ser una profesional de esta época, que no quiere renunciar por ello a tener hijos y a dedicarle tiempo a su familia.

–En el área de negocios, ¿cómo ves el desarrollo de las mujeres empresarias en las distintas partes del mundo en las que has trabajado? ¿Los desafíos son similares?
–Te puedo hablar desde el desarrollo profesional de la mujer, desde los negocios y los recursos humanos. En el norte de Europa, creo que tienen más oportunidades porque llevan más tiempo trabajando temas de igualdad, respeto, inclusión, acceso a la educación. Son sociedades más equitativas, por los valores que tienen. En España, que es donde he vivido más tiempo, la situación es similar a algunos de los países de Sudamérica y el Caribe. Se ha mejorado un poco porque han cambiado algunas políticas, primero para dejar en claro que existía desigualdad, para visibilizar el problema; luego, para realizar prácticas que cambien esa situación.

–Entonces, cuáles serían las diferencias?
–En Europa se ha superado la etapa en la que las acciones de los gobiernos en materia de políticas de igualdad se concentran en evitar la violencia contra las mujeres, para poder concentrarse en otras desigualdades, como las que tienen que ver con el trabajo, las tareas de las domésticas y de cuidado. España todavía está entre los países más desiguales en cuanto a cargos políticos, liderazgo y acceso a carreras de ciencia, tecnología, ingeniería y matemática. También en cuanto al número de empresarias.

–¿Cuál es tu opinión sobre esta misma situación en Sudamérica y el Caribe?
–Tengo como experiencia la de dar clases sobre emprendedurismo. Los problemas que se encuentran son similares, pero no así las respuestas desde los gobiernos. Por ejemplo, Costa Rica es un país muy avanzado en cuanto a políticas que promueven la igualdad y el respeto. Argentina tiene un gran porcentaje de mujeres que directamente no están en el mercado laboral. Y esto hace una diferencia muy grande. El hecho de que no formen parte del mundo del trabajo habla del papel de la mujer en la sociedad.

–¿De qué depende que estas situaciones no cambien?
–Es parte de una idiosincrasia, tanto de varones como de mujeres. En Argentina la mujer no se define en forma independiente como la norteamericana, sino en relación a su familia, su pareja, a sus hijos, a su entorno y no tanto en cuanto a su trabajo. Esto es una gran diferencia entre el sur y Norteamérica. En Estados Unidos, la segunda pregunta en una conversación entre desconocidos es en qué trabajás. La primera es cómo te llamás. Para los norteamericanos un ciudadano o ciudadana se define a través del aporte económico que esa persona hace a una nación. En Sudamérica, ser alguien no se identifica con producir algo, sino con lo que das, pero no necesariamente económico, sino también desde lo afectivo. El equilibrio entre lo personal y lo laboral es un desafío tanto en Europa, como en Sudamérica y Norteamérica.

–Estas barreras son reales, ¿pero hasta qué punto las mujeres las utilizamos como justificativos para no tomar el control de nuestras vidas?
–Es una pregunta importante. Puedo hablarte desde mi experiencia: he pasado por situaciones de desigualdad e injusticia en lo laboral, y las he tomado como desafíos para lograr mis metas. El mayor acceso de las mujeres a la educación trae consecuencias en la desnaturalización de situaciones de desigualdad.

–¿Influye esto en un cambio de actitud?
–Mirá, lo que ha ocurrido es que las mujeres hemos comenzado a ganar perspectiva. Cuando una gana perspectiva, analiza. Cuando una analiza, se da cuenta de injusticias y empieza a querer cambiarlas. Cuando se plantea la divergencia entre cuidar de la familia y cuidar de la profesión. Ese conflicto se va acrecentando dependiendo en qué cultura te encontrés. Si una cultura favorece que el rol de la mujer es la parte doméstica, vas a tener mayor enfrentamiento allí, porque la parte profesional no te la va a entender nadie.

–Se abre un espacio de luchas por ganar poder.
–Sí, por supuesto, te vas a enfrentar a tu familia, a tus amigos, a tu entorno. No van a entender que quieras llevar ambos desafíos adelante.

–Sin embargo, el mayor desafío a enfrentar es el cultural, porque es el que nos enfrenta a nosotras mismas.
–Esto es muy cierto. Hay algo que me di cuenta con respecto a la cultura en la que he crecido. Tengo raíces de la India, nací en Mozambique –África– he crecido en Europa y vivo en Estados Unidos. Tengo influencias culturales de los cuatro continentes.

–¿Lo viviste en tu familia de origen?
–La verdad es que fui criada por mujeres fuertes. Pero tuve que analizar ¿qué significa esto de 'ser fuerte'? la generación de mis bisabuelas, de mis abuelas, la de mi madre, la mía y de mis hermanas, y primas, y luego las que vienen detrás, ser fuerte significaba sacrificarte por todo y aguantar, no necesariamente crecer.

–¿Encajás en ese molde?
–De ninguna manera. He roto ese molde. ¿Cómo lo he hecho? De muchas maneras. No he renunciado quien soy, ni pienso hacerlo. Pero me he identificado con la mujer que es fuerte tomando decisiones para cambiar lo que no le gusta, que es diferente a la mujer que es fuerte aguantando, como lo hicieron mi bisabuela, mi abuela y mi madre.

–Creés que te ha enriquecido la diversidad de culturas en la que te has criado, que esto te ha sido útil para poseer una mente abierta y más predispuesta a los cambios?
–Totalmente. Tengo una mezcla cultural importante, esto es enriquecedor porque podés trazar puentes de entendimiento entre culturas y eso te lleva a cambiar ciertos aspectos y mentalidades.

–En Sudamérica aún no hay políticas de igualdad porque todavía estamos abocadas a resguardar nuestra integridad, física y psíquica.
–No he constatado la veracidad de estos datos, pero estos días he escuchado que en Argentina muere una mujer víctima de la violencia de género cada tres horas. La estadística es alarmante. Es una burrada, un auténtico desastre, ecológico, social y humanitario. Es una necesidad básica de seguridad personal que la mujer no tiene resuelta en Argentina, uno no puede dar el salto al siguiente escalón. Trabajo, casa, bienestar económico, puestos de decisión si no ha superado esta etapa. La seguridad personal es lo primordial.

–Pero más allá de los cambios que se den a nivel gubernamental, somos las mujeres las que debemos dejar de sostener situaciones de desigualdad, desde nuestros hogares.
–Esto es así, sin embargo, hay realidades que no podemos evadir. Las mujeres somos las que parimos. Pero la crianza de los niños es otra cosa, es repartida en las familias.
–¿A qué concepto de familia te referís ?
–Familia es una categoría versátil ahora. Y esto es muy bueno. Hay familias de dos madres, de dos madres separadas, y una de ellas con novia, hay familias de dos papás, otras de papá y mamá, y de papá y mamá separados y con sus nuevas parejas, los pongo como ejemplos al azar de que es un espectro amplio el concepto de familia.

–¿Pensás que el mundo del trabajo se adapta a los nuevos roles que las mujeres queremos ocupar?
–El problema es que las empresas, las instituciones, la educación, no han acomodado sus parámetros a esta nueva situación de las mujeres: no quieren tener que elegir, quieren todo. No quieren (queremos) tener que renunciar al trabajo por criar niños, ni a los niños por tener un buen trabajo o crecer en lo profesional.

–¿Qué es lo que falta?
–No se dan las bases para tomar decisiones simples, por ejemplo: si en una gran firma hay muchas mujeres con niños, pues pongamos una guardería. O un lugar para que las mujeres le den el pecho a sus bebés. O simplemente que puedan trabajar desde la casa, en Estados Unidos esto ya es una tendencia.
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