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domingo 26 de junio de 2016

Acta de la Declaración de la Independencia se busca

El documento original del 9 de julio de 1816 no está en ningún archivo oficial del país. Sí hay copias y reproducciones. Los registros que se tienen indican que Juan Manuel de Rosas fue el último que tuvo entre sus manos ese valioso escrito

El acta original de la Declaración de la Independencia está extraviada en el tiempo. Aquella que firmaran los congresales de las Provincias Unidas del Sud, en la Casa Histórica de Tucumán el 9 de julio de 1816 tras 8 horas de deliberaciones no está en ninguno de los archivos oficiales de la Argentina. Todos los documentos conocidos del hecho fundacional de nuestro país son copias que fueron cambiando por su técnica de reproducción, su formato y presentación a través de los años. Pero la correspondiente al Libro de Actas Públicas del Congreso de Tucumán, que hiciera firmar el secretario Mariano Serrano a los representantes de las provincias aquel martes de julio, desapareció.
El último rastro de su existencia data del gobierno de Juan Manuel de Rosas y descarta otras versiones como un posible robo de simpatizantes de José Gervasio de Artigas al sacerdote Miguel Calixto del Corro, quien viajaba hacia Buenos Aires con varios documentos del Congreso para intentar un acercamiento justamente con Artigas.

Así lo afirma un trabajo realizado por un estudioso de la historia y abogado, Juan Pablo Bustos Thames, quien basa todas sus hipótesis en el análisis que hiciera en su momento el famoso historiador Bonifacio del Carril en 1966.

El tucumano Bustos Thames recorre cientos de documentos para detallar lo que pudo haber sucedido y concluye en su libro Declaración de la Independencia, ¿Quién se quedó con el Acta? que Rosas debió ser quien tomara de la Sala de Representantes de Buenos Aires, hoy Legislatura porteña, el Libro de Sesiones Públicas del congreso para hacer un facsímil de la Declaración Argentina en 1833.

El motivo de tamaña empresa tuvo que ver con imitar un gesto del presidente norteamericano John Quincy Adams, quien siendo secretario de Estado en 1823 tuvo la idea de hacer un facsímil de la Declaración de la Independencia norteamericana de 1776 para difundirla entre otros jefes de Estado (la declaración argentina tomó como modelo a la norteamericana). Adams sería presidente entre 1825 y 1829 y se sabe que entre quienes recibieron esta copia estuvo Juan Manuel de Rosas, un tiempo antes de convertirse en el gobernador de la provincia de Buenos Aires.

Rosas durante su mandato impuso un fuerte control sobre todo lo que se imprimía en el Río de la Plata. Por esto mismo Bustos Thames afirma que no puedo ser otro que el Restaurador de las Leyes quien tomara el Libro de Actas, porque no había otro modo de acercarse a un documento tan valioso sin que él lo supiera. En esta línea de pensamiento para el autor Rosas quiso utilizar la idea de Adams y mandó a pedir el libro a la Sala de Representantes para realizar la imitación encargada a su hombre de confianza, Pedro De Angelis.

Antes de esto, todas las copias que se habían hecho eran tipográficas o caligráficas, sin la firma de los representantes, tal cual la recibió por ejemplo José de San Martín a fines de julio de 1816. Pero nunca se habían copiado las firmas de los congresales, ni cambiado el orden en el que fueron plasmadas, para poder imprimirlas en determinado espacio, con adornos e imágenes integradas.

El detalle de cómo fue hecha el Acta quedó también registrado en el Libro de Actas Secretas, que sobrevivió, y por este motivo puede compararse lo que estaba escrito el mismo día de la declaración con lo que terminaron haciendo De Angelis y su socio Hipólito Bacle.

Lo que está probado según los documentos de la época es que a su exilio Rosas se llevó varios elementos valiosos de la historia argentina como por ejemplo el sable corvo de San Martín y las pistolas que fueran obsequiadas a Belgrano como reconocimiento a sus servicios en el Ejército del Norte.

Sin embargo, en su testamento Rosas no menciona nunca el Libro de Actas Públicas del Congreso de Tucumán.

En este punto, Bustos Thames explica que era imposible que lo hiciera porque esto mancharía el buen nombre de la familia, ya que a diferencia de las armas de los próceres, que fueron donadas por sus dueños, el libro fue tomado en uso del poder y nunca más devuelto al archivo de la Legislatura porteña.
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